Participación transformadora

Avanzando en la reflexión, análisis de los resultados del cuestionario

 

Imanol Zubero

 

“En nombre de la ideología nos negábamos ayer a dejarnos engañar por el sufrimiento. Enfrentados al sufrimiento, y con toda la miseria del mundo al alcance de la vista, nos negamos ahora a dejarnos engañar por la ideología” (Finkielkraut)-

 

El presente documento se estructura en dos partes claramente diferenciadas. La primera de ellas es una lectura resumida de las respuestas al cuestionario que acompañaba al documento titulado PARTICIPACIÓN TRANSFORMADORA; damos, pues, por supuesto, que dicho texto ya se ha leído. La segunda parte pretende avanzar en el debate: para ello se presenta alguna reflexión complementaria de lo expuesto en aquel primer documento, y se proponen tres cuestiones para la reflexión y el trabajo.

 

RESULTADO DE LA CONSULTA

Tres eran las cuestiones fundamentales que nos planteábamos en el texto sobre PARTICIPACIÓN TRANSFORMADORA y en el cuestionario que lo acompañaba:

  1. La necesidad o no de que la participación en las organizaciones no gubernamentales (ONG) tenga una dimensión transformadora. [El POR QUÉ de la participacón transformadora].
  2. La definición o caracterización de esa “transformación” que, en su caso, debería constituir una finalidad esencial de la participación en las ONG. [El  QUÉ de la participación transformadora].
  3. La relación que, en este marco, debería establecerse entre estas organizaciones sociales y las instituciones políticas. [El CÓMO de la participación transformadora].

[1] En relación a la primera cuestión, de las respuestas al cuestionario se desprende una convicción: no parece que las ONG se caractericen por su contribución a la transformación la sociedad. De los cuatro ámbitos o dimensiones posibles desde los que cabría pensar que puede la participación en una organización ser “transformadora”1, el principal déficit transformador se endosa, precisamente, a la acción de las ONG sobre su entorno. Ante este hecho, en la reunión de la Comisión Permanente del Consejo Asesor de la Fundación Esplai celebrado el pasado 11 de junio alguien se preguntaba:

«De los cuestionarios deducimos que la atención está puesta en las organizaciones: ¿Qué estamos haciendo las ONG para perpetuar un sistema? ¿Qué función cumplimos las ONG?».

Abundando en esta perspectiva, el segundo déficit de participación transformadora se localizaba en los sujetos que participan en las organizaciones. Evidentemente, la relación entre institución y miembros de la institución es, en este sentido, muy estrecha. Sin que podamos identificar la existencia o no de relaciones de causalidad, ni la posible dirección de estas -¿son las personas participantes las que, por determinadas características sociopersonales, limitan el potencial transformador de la organización, o es la organización la que, por su orientación, moldea a la baja las aspiraciones transformadoras de sus miembros?- cabe esperar que exista una estrecha relación entre las potencialidades o déficits transformadores de una organización y de sus miembros.

Este cuestionamiento de la realidad transformadora de la participación en las ONG es coherente con un deseo claramente afirmado de que las ONG vehiculen e impulsen una participación transformadora, que no sea partidaria pero sí con ideología. De las respuestas al cuestionario se desprende que no hay miedo a afrontar en el seno de las ONG cuestiones directamente ideológicas.

[2] En lo que se refiere a la interpretación del concepto de “participación transformadora” de las respuestas a la pregunta 9 – en la que se invitaba a jugar a la tormenta de ideas en torno a dicho concepto- aparecen tres grandes formas de entenderlo:

  1. Cambiar el contexto: ir al origen de los problemas y proponer alternativas, incluso económicas.
  2. Desarrollar intervenciones inmediatas, concretas, locales o no.
  3. Cambiar en lo personal, adoptar una actitud crítica, crecer como ciudadanas/os.

En realidad, estas tres son en la práctica todas las formas posibles de entender el concepto de “transformación”. Combinadas con las respuestas a la pregunta 6 –“En tu opinión, ¿cuál es la finalidad principal de las ONG?”- una mayoría de quienes han respondido al cuestionario consideran que las ONG deben cumplir todas las finalidades señaladas: deben concienciar, ser formadoras de ciudadanía crítica, denunciar injusticias, presionar sobre las instituciones, pero también deben solucionar problemas concretos.

Se considera que el énfasis en una u otra finalidad puede variar en función de la especificidad de cada ONG, pero no se renuncia a ninguna de ellas. Una de las respuestas abiertas a la pregunta 9 sirve para resumir esta perspectiva:

«Pienso en cómo hacer compatible la acción específica de una organización (sectorial, temática) que interviene, da respuestas a necesidades, etc. y, a la vez, genera procesos de cambio y transformación social y es capaz de cambiar las causas que han genera… [se corta]».

[3] En lo que se refiere a las relaciones entre ONG y otras instituciones se opta por una cooperación igualitaria y crítica, no subordinada, que incluya tanto la actuación para alcanzar unos determinados objetivos como la selección y elaboración de los objetivos mismos. 

A modo de resumen:

  • se considera insuficiente la acción de las ONG desde una perspectiva de práctica transformadora;
  • se apuesta por fortalecer esta dimensión transformadora;
  • se considera compatible una perspectiva de las ONG claramente política (en el sentido de interesada, orientada, incluso ideológicamente fundada) sin que ello implique ni partidismo ni renuncia al pluralismo;
  • se apuesta por unas ONG que conjuguen atención a problemáticas concretas (en función de sus ámbitos específicos de actuación) y preocupación activa por la transformación de su entorno (tanto mediante la formación de conciencia crítica como interviniendo sobre instituciones y estructuras juzgadas como injustas);
  • en esta tarea, se apuesta por una práctica de cooperación crítica con las instituciones políticas y económicas.

 De todo lo dicho se desprende una tarea clara y urgente: para ser realmente transformadoras las ONG deben transformarse internamente: ser más participativas, más abiertas, más centradas en la acción, actuando en red, generando sinergias y compartiendo recursos.

 

AVANZANDO EN LA REFLEXIÓN

Para avanzar resulta muy importante hacer aflorar el imaginario de ONG desde el que reflexionamos2. Sólo si utilizamos el concepto “ONG” como un cajón de sastre en el que entra todo lo que no sea directa y exclusivamente gobierno o mercado es posible calificar como “acción voluntaria” a actividades tan diversas como el compromiso en un sindicato, la gestión de una fundación cultural, la participación en una AMPA, la actividad en Cáritas, la militancia en un movimiento ecologista, la organización de un torneo escolar de baloncesto, etc. Pero una conceptualización que no esté bien definida sólo aporta oscuridad y confusión.

Hay diversas razones que explican esta falta de definición de la acción voluntaria. La primera tiene que ver con el desarrollo de un voluntariado asistencial, que busca marcar diferencias con la intervención social clásica, con la militancia. Se denomina “voluntariado” a cualquier cosa que entre en una muy amplia definición legal (es lo que García Inda ha denominado construcción administrativa del voluntariado) siempre que carezca tanto de dimensión mercantil como, especialmente, de dimensión política. Es voluntariado sólo aquello que pueda ser caracterizado como ONG (organización no gubernamental), ONL (organización no lucrativa) y, sobre todo, ONI (organización no ideológica). Es esta una dificultad de definición que nos llega desde la “derecha” de la acción voluntaria.

Hay también un cierto complejo de inferioridad en la pregunta por la identidad que surge del mundo del voluntariado. Un voluntariado acomplejado que desea a toda costa ser considerado militancia o movimiento social acaba siendo incapaz de asumir su especificidad propia. Esta dificultad llega desde la “izquierda” del voluntariado.

Por último, existen dificultades de definición que tienen que ver con la misma fluidez de la realidad de la acción colectiva, que hace prácticamente imposible trazar límites y fronteras precisas. Dejando a un lado el voluntariado de “pacificación social”, hay una intervención social que es emanación de la toma de conciencia de la ciudadanía, y se realiza individual o colectivamente; hay una intervención social organizada que se define como voluntariado social; y hay también militancia en movimientos sociales, en sindicatos y en partidos. Todo ello configura un territorio común, el territorio de una acción colectiva diversa en las formas, que se toma en serio lo que Salvatore Veca considera el núcleo normativo de la tradición emancipatoria, que no es otro que la lucha en favor de la igual dignidad de todas las personas sin dejar nunca de cuestionar la distancia existente entre cómo es y cómo debería ser el mundo.

Desde esta perspectiva, hay una pregunta esencial cuando reflexionamos sobre las ONG desde la perspectiva de la “participación transformadora”: ¿cuál es la relación existente entre estas ONG y otras formas de acción colectiva, en particular aquellas agrupadas bajo el epígrafe de movimientos sociales?

A esta pregunta la literatura especializada propone dos posibles respuestas: a) la de quienes consideran que el voluntariado actual ha sucedido, ocupando en mayor o menor grado su espacio, a los movimientos sociales de los Setenta y Ochenta (tesis de la continuidad diferenciada); b) la de quienes consideran que el voluntariado es una realidad claramente diferenciada de los movimientos sociales, cuyo espacio de movilización ha ocupado (tesis de la sustitución).

La primera sostiene la existencia de elementos de continuidad a la par que de diferenciación entre el voluntariado y otras formas de acción colectiva, particularmente los movimientos sociales. En concreto, Madrid destaca la novedad que supone la institucionalización del compromiso social que está en la base de las ONG: “Esta institucionalización, como hecho fundamental en el voluntariado contemporáneo, supone la regulación jurídica de algunos aspectos de la colaboración gratuita y su inserción en el ámbito de la actividad estatal. El componente formal del voluntariado es en gran medida una creación estatal”. En una línea similar, Ibarra y Tejerina sitúan la semejanza entre las ONG y los movimientos sociopolíticos tradicionales no tanto en los objetivos que persiguen cuanto en la manera en la que pretenden alcanzarlos: la institucionalización es su característica dominante, frente al carácter anti-institucional de los otros movimientos sociales. Más en concreto, las ONG coinciden con los otros movimientos sociales en el objetivo genérico de su reivindicación: el disfrute solidario de determinados bienes (el desarrollo, la paz, la educación, etc.), pero se diferencian de estos: a) por su identidad colectiva más débil; b) por sus sistemas de creencias más difusos, menos ideológicos; y c) por su menor orientación hacia el conflicto.

La segunda perspectiva, aquella a la que hemos denominado la tesis de la sustitución, sostiene que debido a razones que tienen que ver, fundamentalmente, con la extensión de una cultura individualista ha surgido una forma de “altruismo indoloro” que funda los compromisos no en formulaciones heterónomas de obligación, responsabilidad o deber, sino en planteamientos autónomos de elección personal. Este sería el terreno abonado para el desarrollo del voluntariado de la satisfacción (Wuthnow, Béjar) basado en el valor supremo de la libertad personal.

 

 


[1] (1) Transformadora de la propia forma de hacer de la organización de sus procesos y de sus medios de acción. (2) Transformadora de los sujetos que participan en la organización. (3) Transformadora del objeto (tanto objetivos como, sobre todo, colectivos o personas) sobre el que se actúa. (4) Transformadora del entorno o contexto en el que se actúa.

[2] Reproduzco parcialmente la reflexión realizada en: Imanol Zubero, “Voluntariado y acción colectiva”, en T. Montagut (coord.), Voluntariado: la lógica de la ciudadanía, Ariel, Barcelona 2003, pp. 33-50.

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